domingo, 14 de septiembre de 2014

"En la Quinta Miss Venezuela era una del montón": Denyse Floreano a 20 años de su reinado

“Veinte años han pasado de aquel viernes 2 de septiembre en el Teatro Teresa Carreño, “Sala Ríos Reyna”, cuando me coronaron miss Venezuela. Era una chama de apenas 17 años. Nací en la clínica Bustamante de Ciudad Ojeda, Zulia, el 26 de agosto de 1977, de donde salí en brazos de mi madre, Carmen Camargo de Floreano, una falconiana; y mi padre Segundo Floreano, italiano. Me había graduado de bachiller en ciencias y estaba por comenzar la universidad.

Cuando tenía 14 años quise entrar al mundo del modelaje y asistí a una escuela llamada Procol, el dueño era el sociólogo Jesús González. El decidió no inscribirme en ningún concurso porque para él era un tesoro escondido que tenía que debutar por la puerta grande.

Pasaron dos años y un día Jesús me dijo que ya yo estaba lista para el Miss Venezuela, me llevó a conocer a Osmel Sousa en febrero de ese año en el Hotel del Lago. El Zar de la belleza al verme me dijo: ‘Niña tu participarás en el Miss Venezuela, eres miss Costa Oriental del Lago’.

Cuando llegué por primera vez a la Quinta Miss Venezuela, experimenté una sensación muy extraña. Pues siempre fui la más alta de mi clase, del colegio, entre mis amigas, conocidos y familiares. ¡Allí era una más del montón! La mayoría de las chicas era igual de altas y además, todas muy bellas y con una silueta espectacular. Fue muy intimidante.

A nuestro grupo le tocó tomar clases de baile para soltarnos un poco, estábamos muy rígidas y una de las coreografías de ese año era samba, en conmemoración a los brasileños por haber ganado la copa del Mundial 94.

Un par de veces un grupo de chicas y yo, nos escapamos a comer lo prohibido, ¡postres! Las clases de oratoria eran de lo más tediosas. Y déjame decirte que yo no era la única que se fastidiaba. Creo que hoy son más interactivas y más efectivas.

No soy de decir mentiras, ni evadir. Sí me hice cirugías, un toquecito en la nariz y también me aumenté el busto. El segundo fue un sueño hecho realidad. Eso aumentó mucho mi autoestima.

Nunca me sentí ganadora. Trataba de no pensar en quién era mi competencia para no perder el enfoque o desviar mis energías. Sin embargo, miss Miranda, Irene Ferreira, era una fuerte contrincante.

Realmente hubo días en que sí sentía que podía triunfar, pero también hubo días en que tenía mis dudas. Pues la competencia no era nada fácil. Había muchas concursantes hermosas y bien preparadas.

Lo cierto es que cada día era necesario tener una actitud positiva y dar lo mejor de mí. miss Monagas y miss Mérida siempre fueron muy lindas conmigo. Cuando tenía mis días tristes, sus palabras y críticas constructivas me ayudaban a sentirme mejor.

Es una experiencia única y enriquecedora. Aprendes a conocerte y a redescubrirte. Exige algunos sacrificios, entre ellos, la separación de tu familia y amistades, el tener que adaptarte a una nueva ciudad, a una rutina totalmente diferente. El privarme de mis comidas favoritas. Además, pocas horas de descanso, mucho estrés entre las clases que tomábamos, más los eventos a los que debíamos asistir. Sin embargo, gracias a Dios, siempre conté con gente buena que me ayudó durante el camino.

Nunca olvidaré la noche final del concurso. Ese opening tan hermoso y muy conmovedor. Todas vestidas de liqui liqui y Simón Díaz cantando Caballo viejo. Ese año el grupo de concursantes era súper. Nos tomábamos fotos y nos reíamos de los peinados y la cantidad de maquillaje que llevábamos puesto. Luego, tan pronto comenzó el concurso no supe más nada de nadie. Solo corríamos de un lado a otro. ¡Qué nervios!

Cuando Gilberto Correa dijo mi nombre como miss Venezuela quedé en shock. Ahí comenzó lo más fuerte.

Me hubiese gustado ir a la cama y dormir hasta el día siguiente, pero me tuve que conformar con quitarme los zapatos mientras íbamos al hotel donde se celebraría el coctel para las ganadoras. Recuerdo que el maquillador Luis Castillo estaba conmigo y no paraba de exclamar: ‘¡Sonríe, sonríe! Y yo le contestaba: ‘¡Estoy cansada!’.

Al terminar, subí a mi habitación donde apenas pude descansar unas pocas horas. Pues como es de costumbre, a la mañana siguiente me tocó pararme bien temprano para arreglarme y recibir a los periodistas para el famoso desayuno con la prensa.

Luego fue como dormir y despertar en el Miss Universo, los meses pasan rápido. Me casé y formé un hogar.

Mi esposo es caraqueño, de apellido Olivo. Al casarnos, nos fuimos a vivir a Barquisimeto, ciudad en la que nacieron mis dos primeros hijos. Un par de meses después decidimos fijar residencia en Estados Unidos, quedé embarazada por tercera vez, pero de una niña.

También tengo dos perritos, Hunter y Chiqui, quienes llenan mis días de ternura y alegría, pues ya no tengo niños chiquitos a quién consentir. ¡Ellos son mis bebitos! A Dios gracias, tengo una familia hermosa y sana. Me siento sumamente orgullosa de mis hijos y mi esposo es el hombre con el que siempre soñé para formar una familia.

Mis hijos están gigantes y me ayudan muchísimo con las cosas del hogar. Desde 2013 trabajo en la industria de la salud. Actualmente estoy enfocada en el sector odontológico, en el área administrativa. Mi vida ha sido, naturalmente, como he querido.

¿Lo mejor antes y después del Miss Venezuela? Antes: La ilusión de participar en el concurso más importante del país y la esperanza de llegar a las grandes pasarelas de la moda. Después: El haber conocido al hombre con el que pasaría el resto de mi vida y formar una familia.

Creo que para incursionar en la TV tienes que nacer con esa vocación y talento. Por eso nunca lo intenté, mientras que las pasarelas sí. En 1998, unos meses después de haber dado a luz a mi segundo hijo, Mariela Centeno (mánager) me puso en contacto con una agencia de modelaje en Milán, donde tuve el honor de trabajar con renombrados diseñadores como Armani, Krizia, St. John, Narcizo Rodríguez, entre otros. Sin embargo, mi familia pasó a ser lo más importante en mi vida y por consiguiente, merecían de todo mi tiempo.

Osmel Sousa siempre me trató como un padre a su hija. Me aconsejaba, me criticaba, me corregía, me ayudaba. Es un jefe muy estricto, pero también muy humano. Siempre lo recuerdo con mucha estima. Es un hacedor de reinas. Creo que cada una de las que pasamos por el concurso tenemos que tener bien claro si eso es lo que queremos. El certamen no es solo una oportunidad sino toda una gran responsabilidad. Que como cualquier otra profesión o carrera requiere de tiempo, dedicación y mucha disciplina.

Haber sido miss Venezuela lo llevo tatuado en mi corazón y en mi memoria. Y, por supuesto, una gran parte de los recuerdos están en cajas. Una para el vestido y otra para la banda; y otras para las tantas revistas y recortes de prensa. Si pudiera retroceder el tiempo, volvería a 1994”.

FUENTE: Ebinson Ramos Sthormes - http://panorama.com.ve