martes, 18 de agosto de 2015

(Opinión) ¡Como si la vejez apestara!

Por: Rómulo Hernández - A las cuatro de la madrugada llega la primera persona a uno de los interminables pasillos de Parque Central. Una mujer. Toma su silla y en la medida que van llegando los aspirantes a obtener su bien ganada pensión del Seguro Social, le van acompañando con los asientos.

Como a las 5:30 am aparece una señora con varios termos. Con voz de haber desayunado micrófonos empieza su entusiasta letanía: “Café negro, Con leche, y Manzanilla con Malojillo…Señores, quienes vienen por vejez van tomando estas sillas y las colocan a la derecha. Los que vienen por enfermedad, se colocan a la izquierda y quienes vienen por ambas cosas, me hacen una fila por to’ el medio. Ah, y si quieren café, aquí voy a estar”. De inmediato empieza a tejar un bolso tricolor.

Espontáneamente comienzan los nerviosos adultos mayores a intercambiar información. “No esa página no me la pidieron a mi”, “Si no la tiene, va a perder su día” ,“Que broma, donde podré sacar una copia de ésto”, “Sí, ya van a abrir el cyber, allí se puede bajar de la internet”.

Se atraviesa una señora buenota. Con todo levantado y olorosa a champú. Cualquiera pensaba que era acompañante hasta que la vendedora interrumpe su tejido y le dice: “Si usted viene por vejez, le toca a la derecha”. Luego murmura la vendedora:
“Aquí no provoca venir a trabajar porque cuando abren las panaderías, se va la gente a comprarles el café allá”.

Cerca de las ocho de la mañana aparece un hombre alto para dar las instrucciones sobre el proceso. Un par de señoras preguntan: “Disculpe, me acabo de enterar que por mi número de cédula, no me toca hoy. Pero podría revisarme estos papeles para ver si me falta alguno”.

El empleado público ni las mira: “¡Vuelvan el día que les corresponda!”. Esta escena marca el resto del día. Como autómatas hijos de alguna pepa de mango, se mostraría el resto de los trabajadores. Como si la vejez les apestara. Como si fuese un favor personal el mirar a la gente con dignidad, y devolverles un par de minutos a quienes le dieron décadas de trabajo a su país.

Al tipo alto, le sigue una joven igualmente con cara amarrada. Después se invita uno a uno a pasar frente a las inspectoras e inspectores de carpetas que cual acordeón miran con la mayor velocidad posible, sin escuchar explicaciones o darse un segundo para la duda, de que pudieran estar equivocados. Como efectivamente lo están en varios casos!

“Ya le dije que no tiene la cantidad de semanas cotizadas” .

-Señorita, tengo bastante más de la cuenta.

“Acá no aparecen. Quiere decir que no las tiene. Si quiere empezar a cotizar de nuevo hasta completarlas dentro de unos cinco años, pregunte allá afuera, donde le dirán a que oficina dirigirse”. Todo, por supuesto, mirando para la pared, porque se está hablando con la nada. Esa nada que se pregunta, ¿será que Dios me permitirá vivir cinco años más para cotizarle al Seguro Social para que le sigan pagando un salario a personas como éstas?

Otra cola. Más pequeña. La enérgica recepcionista de cola de caballo no tiene tiempo para muchas preguntas. Prefiere dar la espalda. El vigilante, sentado, resulta más tolerante: “Pase por aquí y se sienta allí”.

Tres personas más esperan. Ninguna sabe cuál es el orden.

-¿Quién es el jefe de esta oficina?

La muchacha contesta en un susurro: “Al final, a la derecha”.

Cuando no se esperaba, una empleada, ¡por fin!, amable y solidaria. Se toma su tiempo para inscribir de nuevo al solicitante para volver a empezar a pagar las cotizaciones que, según la trabajadora anterior, se deben. Luego del proceso, se explica el caso de nuevo por si esta funcionaria decide escuchar. Lo hizo. Recomienda, en voz baja ir a la institución, también del Estado que, según el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, pudo haber cometido el error de no reportar las cotizaciones de varios años de empleo.

Pero antes, un toque técnico al jefe. En la enorme sala, tres o cuatros oficinistas se dedican a chequear sus teléfonos celulares. Otros se dignaron responder los buenos días. Y al fondo, luego de unos 15 escritorios, se encuentra el joven de unos 26 años.

Igual tratamiento. No miradas a la cara de quien habla y una inocultable incomodidad porque alguien se atreve a llegar hasta su puesto para hacerle observaciones sobre el mal trato casi generalizado, la rudeza y la falta de humanidad de sus empleados.

Luego de un apurado desayuno-almuerzo con empanadas de carne mechada, el periplo se extiende hasta otro municipio:

-Vamos a intentar en Chacao, que las diligencias previas se hicieron allí por haber sido sede de las últimas empresas empleadoras.

En la puerta, en plena avenida Miranda está un grupito de vigilantes: “Ya no estamos atendiendo”

-Yo vengo a ver a la señora X que me ha atendido antes y me ha orientado en los siguientes pasos.

“Está bien. Como ha venido antes y ya conocen de su caso, vamos a dejarles entrar”

Lo impecable de la oficina semejaba la sala de Radiología de alguna clínica de lujo. La espera no llegó a los cinco minutos, a pesar de que no estaba la persona mencionada antes porque le habían ascendido.

Dos candidatos que más temprano se encontraban en Parque Central comentan entre sí: “Que distinto a las oficinas de Parque Central ¿verdad?”

Junto a cuatro personas más la espera no llega a seis minutos. Una empleada se levanta y va preguntando, como “abreboca” a cada uno de qué se trata su caso.

La misma respuesta. Sin gritos ni susurros: “Le recomiendo que vaya a la oficina del Estado donde Usted trabajó. Lo más seguro es que ellos mismos le resuelvan el caso, ya que probablemente no es la única persona de quien no han reportado las cotizaciones completas”.

Esta crónica tiene dos heroínas: la vendedora de café que muestra mayor capacidad organizativa que los empleados descritos y una pensionada, Nancy, quien fue de acompañante y terminó asesorando voluntariamente a los ancianos que frustrados tuvieron que regresar a sus casas porque quienes estaban supuestos a ayudarlos se enfrascaron en gritar con gestos “Yo tengo el poder y aunque no escuche, me pagan!”.

El escritor y abogado Luis Britto-García acuñó el término: “Los Mata-Votos”. Sigue vigente. Aún respiran y ¡están adentro!

FUENTE: http://hoyvenezuela.info

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