lunes, 29 de agosto de 2016

(Táchira) “Mi hijo quiere tomar Coca Cola, pero si la compro nos quedamos sin comida para dos días”

Ana María Contreras es madre de familia. Tiene tres hijos de 1, 5 y 8 años a quienes cría y cuida junto a su mamá en el sector La Invasión, en San Antonio del Táchira. Trabaja como empleada doméstica por lo que su sueldo no es constante, sino que varía de acuerdo con la cantidad de veces que la llamen para que limpie alguna casa.
Su vida no es fácil, pues debe lidiar con la situación económica de Venezuela y con la escasez de alimentos necesarios, no solo para ella y sus hijos, y también con la falta de pañales y artículos de higiene personal.

Su hijo de un año no ha podido utilizar pañales desde hace dos meses porque en los supermercados de San Antonio no los hay, y cuando llegan no puede comprarlos porque las largas colas de personas inician desde las 2 de la mañana, hora en la que debe estar en su casa cuidando a sus hijos. Comprarlos en el mercado negro no es una opción para Contreras, porque cuestan hasta tres mil bolívares, dinero que no tiene.

El pequeño Juan Andrés, de un año, no tiene la alimentación requerida para un niño de su edad. No toma leche materna porque su madre no la produce; no consume leche de fórmula infantil porque no hay en los supermercados del Táchira y tan solo es posible adquirirla en el mercado negro, por al menos cinco mil bolívares. Desde que tiene seis meses sus alimentos se han limitado a sopas de verduras o puré de papa o de auyama, pues es lo único que Ana María puede comprar para intentar mantenerle una dieta balanceada.

Su vida no es fácil, pues debe lidiar con la situación económica de Venezuela y con la escasez de alimentos necesarios, no solo para ella y sus hijos, y también con la falta de pañales y artículos de higiene personal.

Su hijo de un año no ha podido utilizar pañales desde hace dos meses porque en los supermercados de San Antonio no los hay, y cuando llegan no puede comprarlos porque las largas colas de personas inician desde las 2 de la mañana, hora en la que debe estar en su casa cuidando a sus hijos. Comprarlos en el mercado negro no es una opción para Contreras, porque cuestan hasta tres mil bolívares, dinero que no tiene.

El pequeño Juan Andrés, de un año, no tiene la alimentación requerida para un niño de su edad. No toma leche materna porque su madre no la produce; no consume leche de fórmula infantil porque no hay en los supermercados del Táchira y tan solo es posible adquirirla en el mercado negro, por al menos cinco mil bolívares. Desde que tiene seis meses sus alimentos se han limitado a sopas de verduras o puré de papa o de auyama, pues es lo único que Ana María puede comprar para intentar mantenerle una dieta balanceada.

Los niños de 5 y 8 años corren con una mejor suerte pese a que no consumen las proteínas recomendadas para su crecimiento. “Yo no puedo comprar carne o pollo para todas las semanas porque es demasiado caro. Una vez al mes trato de comprar y rendirlo pero es difícil para mí, en especial porque todas las semanas suben los precios sin ningún tipo de control”, confesó Ana María.

Comprar un pollo de dos kilos significa que debe gastar al menos cinco mil bolívares, y para ella ganar esa cantidad de dinero debe trabajar limpiando casas dos días seguidos. Un pollo no es suficiente para alimentar a su familia durante una semana.

“Todas las noches rezo y lloro pensando en mis hijos. No están comiendo bien. Son flacos; no comen lo que deberían. Yo como mamá quisiera darles todo pero trabajo y trabajo y no puedo darles más. Desde hace dos años no les he podido comprar ropa o zapatos nuevos porque todo mi dinero es para comida”, narró la mujer.

Lloró. Inevitablemente las lágrimas salieron de sus ojos al contar que su hijo mayor, desde hace meses, le ha pedido que le compre una Coca Cola que no le ha podido comprar. “Si yo compro una Coca Cola voy a gastar 900 bolívares y no me va a rendir más de dos días, pero con esos 900 bolívares puedo comprar un cuarto de kilo de caraotas que puedo hacer en sopa, y almorzar y cenar dos días seguidos. O puedo comprar un kilo de yuca o papa. Es injusto para un niño que no pueda tomar refrescos ni comer dulces solo porque el dinero de su mamá no alcanza para nada”, relató.

“Él a veces llora diciéndome que hace mucho que no compro Coca Cola; que solo tomamos agua o jugo de fresa porque tenemos sembradas en la parte de atrás de la casa. A mí me parte el alma pero no puedo gastar ese dinero en un refresco. Necesito que comamos y la situación no da para complacerlos como quisiera”, comentó.

Desde que la frontera fue cerrada su vida cambió. Anteriormente lograba trabajar limpiando tres casas en Cúcuta a la semana, y con ello hacía mercado allá y lograba tener una calidad “medianamente aceptable” -como la catalogó- pues en su hogar no faltaba el arroz, la pasta, la harina de maíz, la carne ni los huevos, como actualmente sí escasean.

La reapertura de la frontera ha significado un alivio para ella; el problema es que tan solo una de las casas que limpiaba volvió a requerir de sus servicios, pues con casi un año del cierre de frontera los dueños de las otras dos debieron buscarle una sustituta.

FUENTE: Lorena Bornacelly - http://elpitazo.com