domingo, 11 de marzo de 2018

El venezolano no está migrando, está huyendo, según expertos

¿Cuál es el costo emocional de quedarse en Venezuela? El país se ha ido borrando frente a los ojos de sus habitantes. El ciudadano “antiparabólico” está dando paso al ciudadano de la queja. En una nación donde los afectos se han ido, quienes siguen aquí sufren los mismos síntomas del duelo migratorio. La psicóloga Meury Rivero dirige un grupo de acompañamiento para aquellos que han decidido quedarse “aguantando la pela”, con la tristeza a cuestas
“La migración venezolana tiene un alto contenido emocional que no se está atendiendo”, advierte Meury Rivero, psicóloga de la Universidad Central de Venezuela y coordinadora de un grupo de acompañamiento para familiares de personas que han dejado el país. Hoy, los venezolanos entienden, por experiencia propia, el duelo migratorio.

Según esta especialista, los venezolanos que deciden irse dedican tiempo –al menos, algunos de ellos– a organizarse económica y legalmente. Pero, el elemento emotivo lo dejan a un lado porque, ante el desespero de marcharse, lo consideran de importancia menor. Es el saldo rojo de esta diáspora.

“En las condiciones actuales, el venezolano no está migrando sino huyendo”. Así lo evalúa Rivero: “El que migra, planifica, sabe que escribirá un nuevo capítulo de su vida y entiende que enfrentará momentos duros. En cambio, quien huye está interesado en salvaguardar la vida y, según mi experiencia, eso está predominando en el venezolano”.

Se trata de una huida causada por estrés, ansiedad y un miedo que los sobrepasa. Una decisión movida por el instinto. “Tú estás frente a un león y no planificas ni te pones a pensar cuál será la mejor salida. ¡No! Tú sales por donde sea, porque lo que te interesa es sobrevivir. Esa es la diferencia con el proceso migratorio”.

El problema, según Rivero, es que al verse obligados a abandonar el país de origen, el venezolano ha comenzado a desarrollar el síndrome de Ulises, del hombre desterrado y alejado de sus afectos.

Estos rasgos están acentuados en alguna población árabe refugiada en España que enfrenta padecimientos crónicos de ansiedad, estrés y depresión, precisamente derivados de desplazamientos impuestos.

“Los venezolanos que se van sienten que no tienen un lugar al cual volver, que lo están echando a patadas de su país, diferente al migrante que sí sabe a dónde regresar”.

Pero, qué pasa con el que se queda
El duelo migratorio que experimentan los venezolanos tiene dos caras, la de aquellos que se fueron y también la de quienes se quedaron. Ambos están unidos por el sentimiento de pérdida y, en consecuencia, por el llanto.

“Quien se queda en el país, pero su familia se ha ido, atraviesa el mismo duelo. La vida le ha cambiado aunque siga en Venezuela”, define la psicóloga Meury Rivero.

“Sus afectos no están completos, las rutinas se han modificado y hasta se sienten egoístas porque no pueden evitar la tristeza a pesar de saber que ese familiar está en condiciones más favorables en un país distinto”.
Lo que sucede en muchos de los casos, detalla Rivero, es que las personas –especialmente, los padres y abuelos– conectan con lo que la psicología llama síndrome del nido vacío, es decir, sus casas han quedado deshabitadas, una realidad que se ha generalizado en diferentes ámbitos de la vida venezolana.

Rivero comenta que “cuando los trabajadores llegan a sus oficinas lo que ven a su alrededor es la ausencia de compañeros”.

Ciertamente, en Venezuela se producen desincorporaciones laborales diarias. Ciudadanos que se van en viajes forzados por el contexto político y socioeconómico. “Yo he tenido que ir a dar charlas en diferentes empresas porque el desánimo repercute negativamente en la productividad del trabajo”.

Hay tristeza en el ambiente
El país se ha ido borrando frente a los ojos del venezolano. “La gente siente que está en un lugar que desconoce”, analiza la psicóloga: “No están los amigos, se fueron los vecinos y la realidad que tengo ahora no es la que sé manejar. En la panadería no hay pan, en el abasto no hay arroz. El venezolano siente que este lugar es el no lugar”.

“El mismo venezolano está sintiendo que ya no es tan chévere”, opina Meury Rivero: “Ya no amanecemos con risas sino con quejas”.
Por eso, se ha hecho común escuchar ´Ya no me queda nadie en el país´, ´En mi edificio se fueron casi todos, incluso familias completas´.

Esa misma situación de abandono de los espacios se plantea en las instituciones educativas. “Hay duelos migratorios en los colegios. Ha disminuido la cantidad de alumnos. En salones donde comenzaron 30 estudiantes ahora hay 15. Los niños y adolescentes se resienten y no hay herramientas de abordaje”.

Meury Rivero cuenta de experiencias de padres que sienten culpa porque entre sus planes no está irse del país, pero sus hijos le formulan reclamos en torno a cómo puede ser posible que ellos estén todavía en Venezuela si todos sus amigos se han ido.

“Muchos jóvenes dirigen reproches a sus padres con preguntas como:´¿Es que nos vamos a quedar a apagar la luz con Diosdado?´ Lo que quiero decir es que el duelo está presente en nuestra dinámica”.
Esta psicóloga, quien ha aprendido por la experiencia a asesorar emocionalmente el duelo migratorio, recuerda que Venezuela no tenía cultura de abandonar el país. El turismo se realizaba, mayoritariamente, dentro de las fronteras. Margarita, Mérida, La Gran Sabana, entre otros, resultaban destinos habituales. Entonces, migrar constituye una manifestación demográfica inédita. Y las consecuencias de esa fragmentación se dejan ver hasta en el uso de las redes sociales.

Los vínculos familiares se han ido redefiniendo. Es habitual, por ejemplo, que la familia venezolana dividida celebre fiestas de cumpleaños a través de video llamadas. O asista a bodas de manera virtual por medio de funcionalidades en vivo que operan en las redes sociales.
Hay urgencia en el venezolano por estar comunicado y las personas mayores lo han entendido. Tanto que han asimilado la complejidad de algunos dispositivos tecnológicos.

Meury Rivero se enfrenta cada 15 días al estado de tristeza de un grupo de personas conformado por adultos que busca argumentos para aliviar las ausencias dejadas por un familiar que se ha ido. Es un grupo que se ofrece de manera gratuita.

“La idea es que la gente contacte con sus emociones, que sienta que hay un lugar donde se le escucha sin enjuiciar y que canalice sus sentimientos para evitar depresiones. Quienes vienen acá están en proceso de duelo y el detonante ha sido el tema migratorio”.

Para tomar en cuenta
Para quien se quede en Venezuela es necesario aceptar que es válido sentirse triste ante el duelo de despedir los afectos.
Eso no significa que quien se queda no está contento con los logros de aquellos que se fueron. Pero, reconocer las emociones es sano.

Resulta valioso conectarse con actividades vitales. Escuchar música, preferiblemente venezolana, tiene un efecto de reafirmación.
Hay que hacer vida en Venezuela, ejercitar cualquier actividad estimulante. Incorporar conocimientos constituye una opción.
No vale encerrarse a llorar en sus casas.
Coordenadas de la psicóloga Meury Rivero:

Lugar: Kataro Espacios. Edificio Elwi. Piso 1. Avenida principal El Bosque. Chacaito, Caracas. Correo: contacto.psiqueyvida@gmail.com Redes: @psique_vida

FUENTE: Néstor Luis Llabanero - http://www.caraotadigital.net - (PULSE AQUÍ)