domingo, 5 de marzo de 2017

Las dificultades de un ultramaratonista español en Venezuela

Pedro Vera tiene una pasión: correr. No hace pequeños recorridos sino ultramaratones, es decir, cualquier carrera que supere los 42 kilómetros. Pero eso, para él, es muy poco. Hizo 105 kilómetros en el llamado «Cruce Colombia» durante tres días cruzando Chile y Argentina, la «Jungle Marathon» (considerada la carrera más dura del mundo) de 230 kilómetros atravesando la selva amazónica durante 7 días. Hizo también la «Ultra Bolivia Race» 170 kilómetros atravesando el salar de Uyuni en Bolivia, el mayor desierto de sal continuo y alto del mundo, a 4.000 metros y sometido a temperaturas de -15 grados por la noche y a 30 grados al salir el sol. Corrió en Africa, Vietnam, en la India y hasta a escasos kilómetros del Círculo Polar Ártico.

Ha participado en circuitos en todos los continentes. Solo le falta Australia, en este caso serán 520 kilómetros y pretende hacerla el próximo mes de mayo. «De completar esta carrera seré la segunda persona en el mundo en completar carreras en los cinco continentes», cuenta este español radicado en Venezuela.

Su ilusión es imparable. Su mente y su familia son sus mayores incentivos para seguir, aún cuando corrió luchando con taquicardias que lo dejaban, literalmente, en el suelo. Nació con el síndrome de Wolff-Parkinson-White, una condición en la cual existe una ruta eléctrica adicional del corazón que provoca fuertes taquicardias.

Nacido en Madrid, y con familia oriunda del pueblo murciano de Águila, ha pasado gran parte de su vida en Venezuela, donde se marcharon sus padres porque la España de los 70 no ofrecía oportunidades. Su nacimiento en la capital fue casual. Con la decisión tomada de emigrar, el pequeño Pedro se quedó al cuidado de su abuela porque los médicos le dieron muy pocas esperanzas de vida. «Tenía un grave problema del corazón. Soy mellizo y mi hermano nació sin problemas pero yo estuve en una incubadora. Mi madre me dejó en España al cuidado de mi abuela esperando a que falleciera, pero eso no ocurrió. Pude aguantar las taquicardias y convulsiones que a veces me hacían perder el sentido», cuenta.

Le recomendaron que no hiciera ejercicio físico, precisamente lo que más le gustaba. «Le mandaron a mi madre un tratamiento pero no tenía dinero Entonces, ella me hablaba mucho al oído y me decía cosas positivas, lo que llaman ahora, programación neurolingüística».

El diagnóstico final llegó a los ocho años de edad y el médico le dijo que viviría diez años más. «Le dije a mi madre que si iba a morir que al menos me dejara hacer lo que me gustaba y por eso seguí corriendo».

En su primera carrera, con 17 años, Pedro hizo 55 kilómetros por la selva venezolana. Era tal el dolor de su pecho, «que decidí hacerme pequeñas punciones con un cuchillo en la pierna para olvidar el dolor del corazón y poder llegar a la meta».

«Venezuela merece una buena representación»

Actualmente vive en Venezuela y trabaja 18 horas al día para poder mantener a su familia y poder costearse las carreras. Pero hay algo que lo detiene aparte del dinero: la alimentación. La escasez de comida en el país y el alto precio de la misma no le permiten llevar una adecuada alimentación. «Soy ultramaratonista, quiero competir en todo el mundo y no me alimento bien por la escasez de Venezuela, debería pesar más de lo que peso para poder competir».

Pedro cobra unos 50 dólares al mes que tiene que destinar también a comprar pañales para su hija. «Un paquete de pañales para mi bebé Valentina representa un 30 por ciento de mi sueldo».

Sabe que la situación no solo le afecta a él, sino también a todo el pueblo venezolano. «Todos los días veo gente buscando comida en la basura, con tanto dinero y recursos que tiene el país no se entiende que haya gente pasando hambre, para conseguir papel o harina de maiz hice una cola de tres horas», lamenta.

Pedro quiere cumplir su sueño, que es vivir de las carreras y encontrar un sponsor que lo apoye para poder costearse los viajes y equipos para correr. Ha creado una campaña en gofundme «para sumar grano a grano lo necesario para el billete de avión y la inscripción. Creo que Venezuela merece una buena representación y estas carreras son una buena forma de hacerlo», sentencia.
Otra pasión: la carrera militar

Antes de lanzarse de lleno al «running», Pedro pudo cumplir otra pasión: hacer la carrera militar en España. «En el año 1996 volví a España para hacer el servicio militar. Me preguntaron si tenía alguna dolencia y mi corazón no me dejó entrar pero mi hermano pudo hacerlo. Finalmente lo dejó y volvimos a Venezuela. Mi sueño era tan fuerte que dos años después volvimos y mi hermano se hizo pasar por mí para volver a entrar. Me metieron en la brigada de repuesta inmediata de paracaidismo (BRIPAC)».

Pedro, definitivamente, era más de «tierra» y por eso, pidió el cambio. Me mandaron a Vigo, a la escuela de transmisiones y electrónica de la Armada (Etea). Allí descubrieron mi expediente y mi dolencia y ya no pude seguir».

Incansable, lo intentó por tercera vez y con 24 años entró en la Guardia Real. «En ese momento, ya sabía cómo controlar mi problema cardíaco, pasé todas las pruebas y quedé en la plaza numero 8. Fue una etapa hermosa, tuve la suerte de ver a Don Juan Carlos».

Pero su capacidad de respuesta ante su dolencia volvió a fallar. Un mal día llegó a las 250 pulsaciones por minuto y lo llevaron al Hospital Gómez Ulla. «Encontré un especialista en el síndrome de Wolff que dijo que tenían que operarme: "Eres una bomba de tiempo y podrías sufrir una muerte súbita"», le dijo el médico.

La operación no salió como esperaba y aún así decidió hacer el Camino de Santiago. «No llegué, me dio la peor taquicardia que recuerdo». Le dieron de baja en la Guardia Real y volvió a Venezuela.

«Me casé y tuvimos cuatro embarazos fallidos antes de que naciera mi hija Victoria en 2010. Como parte de una promesa de que le hice a mi hija volví a hacer el Camino ese año y lo terminé: camine 820 kilómetros en 17 días desde Saint Jead Pier de Port hasta Santiago».

Pedro dice que para incentivarse piensa en sus dos hijas, Victoria y la pequeña Valentina, se pone un audio para escucharlas y corre. «Creo que el músculo más fuerte que tenemos es la mente y además, cuando corro me desestreso, le encuentro solución a los problemas, descubro paisajes maravillosos y gente muy especial. Me hace bien sentir que he motivado a mucha gente que me dice que le sirvo para seguir adelante».




FUENTE: Con información de J. G. Stegmann - http://www.abc.es